Vamos a contar secretos

Os voy a contar un secreto. Algo que muy pocos saben de mí, algo que me condiciona y mucho. Reconocerlo a mis 32 años puede generar bromas, pero es lo que menos me importa.

He crecido con ello, he tenido que ir superando fases en las que se hacía más intenso, se acentuaba más. Ahí va. Tengo miedo a la oscuridad.

Recuerdo haber tenido siempre miedo a la noche, pánico a que todas las luces de casa se apagaran y todo quedara en silencio. Me vienen a la mente momentos en los que en medio de la madrugada gritaba desconsolada llamando a mi madre para que viniera a rescatarme.

En esa oscuridad mi imaginación me llevaba a ver cosas

13Recuerdo una vez que le conté a mamá que había visto salir ratones del horno, cuando mi habitación y la cocina distaban bastante. Luego en otra ocasión, le conté que había visto a un hombre grande con el rostro desfigurado que intentaba sacarme de la cama dándome la mano.

En esa oscuridad también tenía el ‘súper poder’ de ver a los Reyes Magos la noche del 6 de enero o al Ratoncito Pérez cuando se me caía algún diente.

Recuerdo noches enteras de llanto, de desconsuelo, deseando con todas mis fuerzas que pronto se hiciera de día y la luz inundara todos los rincones de mi casa.

Una de las primeras soluciones fue regalarme un muñeco de esos que se iluminaban en la noche para sentirme más acompañada, pero ni con esas. Me llevaron a una mujer de esas que rezaban para que pudiera quitarme este miedo al que pronto se uniría el miedo a los ruidos y a los ladrones.

Muchas veces me acostaba antes que el resto de mi familia para poder conciliar el sueño escuchando la televisión, sabiendo que ellos estaban en el comedor muy cerca de mí, teniendo la tranquilidad de saber que no estaba sola.

Una vez haciendo obras en casa, mis padres me plantearon la posibilidad de cambiarme a una habitación más grande, mucho más espaciosa que la mía, pero que estaba en la parte de fuera de la casa, junto a la cocina y la puerta de la calle. Mi respuesta os la podéis imaginar. No. No quería estar tan cerca de la puerta. Si alguien entraba no quería ser la primera a la que atacará. Prefería quedarme donde estaba, en la tercera habitación, que la mía estuviera después de la de mis hermanos, por sí por un casual alguien entraba en casa y primero asustaba a mis hermanos, poder ir a su rescate. Cosas de niños.

Pronto supe que este miedo a la oscuridad no era sólo una cosas de niños, cuando me fui a la Universidad y compartía piso con otras estudiantes, recuerdo el pánico que me provocaba saber que algunas de esas noches me quedaría sola en casa, alguna vez que me tuve que enfrentar a esa situación lo solucioné yendo a dormir a 70 kilómetros de distancia, a casa.

Es un miedo que aún hoy me acompaña, aún no durmiendo sola y teniendo a un compañero al otro lado de la cama que me ayude a luchar contra esos monstruos. A veces me sorprendo en mitad de la noche porque veo sombras o el reflejo de las luces del router en la pared.

Confieso que tengo una luz pequeña en la mesilla, de las que anuncian en la tele para los bebés. La tengo en la mesilla y a veces en esos momentos de oscura angustia la enciendo, como sí de la salvación se tratara. Entonces esa luz tenue refleja parte de la habitación, me incorporo, veo que todo está en orden, que no me falta ningún trozo. Miro el reloj, veo que quedan muchas horas de oscuridad, por lo que me digo: “lo mejor será volver a cerrar los ojos”.

Sé que ésto está solo dentro de mi cabeza, que doy rienda suelta a mi imaginación, la cual me lleva y me trae a lugares muy oscuros en mitad de la noche. La verdad que no sé dónde puede estar el remedio, o sí lo tendrá. De momento dormir con la luz encendida no es una buena opción, sobre todo, ahora en verano cuando los mosquitos esperan en la ventana para venir a ‘chuparme la sangre’.

La solución será pensar en cosas agradables cada noche cuando intente conciliar el sueño. Aunque evitar despertarme sobresaltada en mitad de la madrugada ya no dependa de mí.

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